Buenos Aires English High School, la Escuela del Fútbol Argentino

Buenos Aires English High School. Con ese nombre se incorpora a la docencia argentina un establecimiento educacional, modelo por sus características, fecundo y prestigioso por los resultados de su encomiable enseñanza.

Es una academia para alumnos de ambos sexos, como pupilos, medio pupilos y externos, y ocupa un modesto local en la calle Perú 253-257, una vieja casa con tres patios donde los alumnos practicarán fútbol iniciándose en el adiestramiento de un deporte totalmente desconocido para ellos, y se perfeccionarán, además, en romper vidrios de puertas y ventanas acicateados por el ejemplo del propio director, que “era quizá quien contribuía en mayor proporción al sostenimiento de vidrieros y dueños de ferreterías”.

Aquella denominación se mantendrá hasta 1893, inclusive, pues en un anuncio publicado el 30 de diciembre de ese año, aparece por vez primera el nombre de English High School, sin el agregado distintivo de su sede, y se mantendrá a partir de entonces hasta el alejamiento definitivo de Mr. Watson Hutton, aunque años más tarde, ya desaparecido el ilustre fundador, el instituto volverá a llamarse: Buenos Aires English High School.

En reseñas, en informaciones y en trabajos periodísticos se da como fecha del comienzo de las clases, la del 4 de marzo de 1884. Es un error, según se verá.

Ya el 1º de enero de 1884, en un aviso inserto en “The Standard”, se informa que “las clases comenzarán el lunes 4 de febrero y que la “reunión” de alumnos se realizará el viernes 1º”.

La víspera de este último acontecimiento -(31 de enero)- el Rector Mr. Watson Hutton, hace saber que el acto se efectuará a las 10.30, “esperando que para entonces estén presentes todos los alumnos”, e “invita sinceramente a concurrir a los padres y a los tutores”.

Puedes leer aquí: Alejandro W. Hutton, el Escocés que nos regaló la pasión por el fútbol.

“Ayer inició los cursos la nueva High School de Mr. Hutton en la calle Perú, con un gran acto”, dice “The Standard” del 2 de febrero al hacer la crónica de la ceremonia.

“La gran cantidad de alumnos y sus padres allí presentes, agrega, demostraron que la nueva escuela se ha asegurado un firme apoyo desde el comienzo”.

“El Rev. doctor James Smith abrió el acto con un elocuente discurso que fué seguido por otro, excelente, de Mr. Hutton, en el cual éste expresó que la escuela será dirigida de acuerdo con el mismo sistema de la Scotch School, siendo la estricta disciplina y la más elevada moral los dos aspectos principales, que impondrá como esenciales para el eficaz estudio de los jóvenes.

Mr. Hutton hizo referencia con términos sumamente amistosos a la Saint Andrews School, y pidió para ella y sus maestros tres hurras que fueron dados con cordial buena voluntad”.

“Terminó con ello el acto, y niñas y niños pasaron a ocuparse de sus estudios”.

La crónica se cierra con este augurio, brillantemente confirmado por los hechos:

“Mr. Hutton ha comenzado con los mejores auspicios y puede contar con el éxito”.

Y la Buenos Ajres English High School entra de lleno, el 4 de febrero de 1884, día de la iniciación de los cursos, a convertir en realidad el concepto fundamental de su existencia, el fin inconfundiblemente práctico y humano de su labor:

“No importa que sean pocos; lo interesante es que sean capaces”.

Por eso se impone por sobre cualquier otro propósito, el de la más rigurosa selección. No se trata de cerrar a nadie, injustificadamente, las puertas del colegio, ni de estrechar y reducir sus filas para crear un círculo poco menos que inaccesible por virtud de molestas preferencias.

El propio Rector ya ha explicado en el acto inaugural de las clases, la razón de ser de una exigencia que no admitirá renunciamientos ni excepciones.

Lo reitera indirectamente en 1885, antes de darse comienzo al segundo curso escolar, al escribir que “el año anterior se rechazaron 39 solicitudes”, y vuelve a destacarlo en 1899, ya sólidamente encaminado el instituto hacia su engrandecimiento intelectual y hacia su promisoria influencia moral: “los solicitantes indeseables son rechazados de plano”.

Pertenecen al señor Watson Hutton estos conceptos que difundidos aquel mismo año de 1899 bajo su firma, transcribimos en seguida, porque muestran claramente a dónde deseaba llegar el preceptor, y resumen, por lo demás, los principios en los cuales se inspiraba su acción pedagógica:

“Es una escuela selecta en todo el sentido de la palabra. Las fallas de carácter y de -conducta, cuando se las considera demasiado graves para ser corregidas o contenidas, traen como consecuencia la inmediata expulsión”.

“Merece atención especial la formación del carácter de los alumnos y cada uno de ellos individualmente es merecedor de la fiscalización del Rector, quien emite informes mensuales sobre el comportamiento en clase, el progreso general y la conducta de cada alumno.

“En una palabra, esta institución ofrece a sus alumnos una educación de primera categoría, capacitando a las niñas para ocupar un lugar en sociedad, y a los niños para seguir actividades comerciales y para las universidades de Escocia e Inglaterra. Aunque la escuela no está incorporada al Colegio Nacional, puede, en caso necesario, preparar alumnos para dar examen en primero y segundo años”, La Buenos Aires English High School se destaca desde el primer momento por la alta calidad y por los valiosos antecedentes intelectuales y morales de sus profesores, y sólo citaremos por ahora a aquellos dos sobre quienes recaían las mayores responsabilidades directivas, pues ya nos referiremos a otros maestros igualmente capacitados que secundaron al fundador, con brillo y dignidad, y cuyos títulos otorgados por Universidades y Colegios extranjeros universalmente célebres, dieron al Instituto local una fisonomía inconfundible, y a la cultura argentina, una inestimable colaboración.

Don Alejandro Watson Hutton era profesor de Humanidades (con Honores en Filosofía en la Universidad de Edimburgo; miembro del Instituto Educacional de Escocia; primer premio en ensayos (temas educacionales) en la Universidad de Edimburgo (1879-1880) y durante más de ocho años maestro del Colegio George Watson, en Edimburgo. Mrs. Hutton era “maestra certificada por el Gobierno”; “Queen’s Scholar de la Normal Training College de Edimburgo” y profesora principal durante más de siete años en el Colegio George Watson.

Dos de los tres patios del edificio, fueron convertidos, uno, en gimnasio para los varones y el otro en cancha de tenis y sitio de recreo para las niñas. Las mejoras que Mr. Watson Hutton introdujo en los locales, evidencian su constante preocupación por perfeccionar todos los elementos necesarios para las prácticas deportivas y para el progreso de su escuela.

Los arcos de la “cancha” los constituían la arcada del zaguán que comunicaba con el segundo patio y la puerta sobre la calle Perú. Un buen día en que el juvenil entusiasmo de los inquietos muchachos ponía ruidosa algarabía en un partido tenazmente disputado, Brown fué arrojado a plena calle Perú por el vigoroso ímpetu de un recio ataque… La ofensiva barrió con el guardavalla. Finalizó más allá de la vereda…

Los sucesivos traslados de la Buenos Aires English High School obedecen también a ese anhelo que trasunta la constructiva nerviosidad, la inquietud permanente, la tenacidad del maestro. Nunca estará satisfecho. Siempre creerá que falta algo por hacer.

(Extracto del libro Alumni, Cuna de Campeones y Escuela de Hidalguia por Escobar Bavio).

Alejandro W. Hutton, el Escocés que nos regaló la pasión por el fútbol

Bajo un cielo amigo y al amparo de leyes generosas, Don Alejandro Watson Hutton llega a Buenos Aires para dirigir la St. Andrew’s Scotch School.

El 25 de febrero de 1882 llegó a Buenos Aires un caballero escocés. Era uno de esos hombres alentados por ideales nobilísimos y estimulados por un inquebrantable anhelo de hacer bien.

Buenos Aires tenía 300.000 habitantes. La “Gran Aldea” estaba aún distante de la transformación prodigiosa que habría de convertirla en suntuosa Capital. Su progreso se bosquejaba, apenas, surgiendo en la mente de los hombres antes que en la realidad de los hechos. Nunca como entonces las generosas palabras del preámbulo -fuertes de unción y plenas de cordialidad parecían resonar como un himno al trabajo, a la paz, a la esperanza…

(Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino.)

Era un joven misionero del saber el que venía a estas tierras, repleto su bagaje de ciencia y de ensueños. Llegaba en buen momento el extranjero ilustre de 29 años de edad, encendido el corazón de lealtad y llenas sus manos con la semilla fecunda y bendita apta para el campo propicio del estudio.

Había nacido en Glasgow el 10 de junio de 1853 y la renombrada Universidad de Edimburgo le había otorgado, junto con la alta y significativa recompensa de la medalla de oro, el muy honroso título de licenciado en letras (“Master of arts”).

Venía a enseñar este laureado en ciencias cuyo carácter estaba sabiamente modelado en las aulas del famoso instituto, y cuya vocación afianzada en su temple y en su carácter vigoroso, le prestigiaban con credenciales insuperables en la santa misión de la docencia ejercida con talento y con dignidad.

Venía a enseñar este adalid de la cultura -Don Alejandro Watson Hutton- a traer el aporte de su inteligencia “al mejoramiento moral e intelectual de nuestro país” y a incorporar los elementos necesarios para que la suya fuese una obra vasta y amplia, generosa contribución extranjera al progreso de la República.

Venía con paso firme y con el alma llena de fe y de fervor, este maestro insigne. Amplio horizonte se abría ante los ojos del autorizado forjador de caracteres, como si al recibir aquí la bienvenida con que los corazones argentinos ratifican en el abrazo cordial los alcances luminosos de la declaración inicial -rayo que alumbra pura y diáfana la senda desconocida- hubiese comprendido que al dejar para siempre al Glasgow de sus hondos afectos, no había equivocado el rumbo…

Venía a servir a nuestro país… Y lo sirvió con asombrosa eficiencia. con honroso desinterés, con patriótica constancia.

ASUME LA DIRECCIÓN DIE LA St. ANDREWS SCOTCH SCHOOL

Miembros de la actual Congregación de la iglesia Presbiteriana Escocesa, que reunía a los primeros colonos escoceses venidos al país por iniciativa de los hermanos Juan y Guillermo Parish Robertson, habían fundado en Buenos Aires, el 2 de abril de 1838, la St. Andrew’s Scotch School (Escuela Escocesa de San Andrés), en una reunión especialmente convocada con ese objeto por el reverendo William Brown, pastor de la precitada iglesia.

Trátase de la escuela particular más antigua existente en nuestro país; y al iniciarse sus cursos, exclusivamente reservados para niñas, el 1º de setiembre de dicho año, en una habitación contigua al templo en la calle Piedras 55, expropiado en 1893 para dar paso a la avenida de Mayo, sólo actuaban dos maestros: el pastor ya mencionado y su esposa; pero a partir del 1º de abril del año siguiente, al decidirse la inscripción de alumnos varones, el instituto comenzó a funcionar en su actual carácter mixto.

Después de cuarenta años de funcionamiento, “la colectividad escocesa resolvió modernizar la escuela y colocarla al frente de la educación británica en este país”, trayendo a Mr. Watson Hutton, “cuya fuerza dinámica revolucionó la educación británica en la Argentina”.

Merced a los buenos oficios del profesor Laurie, de la Universidad de Edimburgo, al cual la St. Andrews Scotch School le debía varias acertadas designaciones durante 25 años, fué contratado el señor Watson Hutton.

A principios de 1882 se recibió la noticia de este nombramiento, sabiéndose que el nuevo rector se había graduado con honores en Edimburgo; que era en esa época maestro en el Colegio George Watson, y que con él venía Miss Margaret Budge -más tarde su esposapara ocupar, ésta, el cargo de profesora principal.

“No puede menos uno que preguntarse qué habrá pensado de la ubicación e instalaciones de la antigua escuela escocesa Mr. Hutton, proveniente de una escuela histórica y de una histórica capital. Y eso sin hacer mención a la reducida cantidad de alumnos de que se disponía en un principio. No hubiese sido sorprendente que tanto él como Miss Budge hubiesen hecho nuevamente sus baúles y tomasen el primer vapor de regreso a su patria. Habla mucho a favor de su valor y su resolución el que hayan “aguantado” un par de años; y en cierto modo fué un desastre para la escuela que las circunstancias impidiesen a la Comisión (la que administraba el instituto) dar satisfacción a sus deseos”.

Antes de hacerse cargo de su puesto, el señor Watson Hutton, recibido en pleno por la comisión directiva, luego de habérsele dado la bienvenida en muy cordiales términos, hizo notar las dificultades que tenía para realizar una labor eficaz. Las instalaciones eran realmente precarias y el material de enseñanza muy deficiente.

El 17 de abril de 1882 el nuevo rector inició su tarea, en realidad, una nueva era en la vida del establecimiento. Se habían hecho reparaciones y ampliaciones en el local y se agregó en el plan de estudios la enseñanza del dibujo y del griego.

Al finalizar el primer año de su actuación y al celebrarse la asamblea anual en enero de 1883, “se expresó profunda satisfacción por los servicios de Mr. Watson Hutton y de miss Budge”.

Con todo, el eminente graduado de Edimburgo tuvo dificultades para hacer del instituto lo que él quería que fuese, y si bien es cierto que las autoridades escocesas le prestaron entusiasta apoyo, “fueron tan grandes esas dificultades que agotaron la paciencia de Mr. Hutton al cabo de dos años”. De allí que, cuando próximo a finalizar el contrato se les preguntó a él y a miss Budge si continuarían en la Escuela, ambos expresaron que daban por terminado su compromiso.

Al hablar del asunto con personas allegadas a la escuela, explicó que no podía hacerse ningún cargo concreto contra la comisión, pero dijo también que no recibió de ella el apoyo que tenía derecho a esperar; no aceptando por tal causa que se le subordinara a comisión alguna. Por consiguiente, había decidido organizar, al término de su contrato, una escuela superior, para la que se le habían prometido ya treinta alumnos. En la St. Andrew”s, en aquellos años, las clases eran demasiado numerosas “y no fué satisfecho su pedido de un gimnasio y un campo de juegos”, es decir, que se tronchaba una de las grandes ilusiones del docente, uno de los grandes auxiliares que él consideraba indispensable para impartir la enseñanza de acuerdo con conceptos y “moldes” bien definidos, “modernos”, acaso muy personales, con tendencias distintas, “más atrevidos” que los planes hasta entonces en boga.

La comisión comprendió, luego de hacer reparos a determinados cargos, que tanto Mr. Watson Hutton como Miss Budge “saldrían beneficiados con una escuela que dependiera de ellos solos, la que, por lo menos entonces, no tendría competencia, y en la que podría actuar sin trabas de otras personas, en lugar de hacerlo en un empleo a sueldo, bajo las órdenes de una comisión que entre sus objetivos tenía el de mantener el costo de la educación al nivel más bajo posible”.

Tal fué, la actuación del señor Watson Hutton en el primer colegio donde ejerció su apostolado en la República Argentina.

EL SOÑADO ANHELO

Va a cumplir el gran maestro, su soñado anhelo. El contacto inial con sus primeros alumnos en la República Argentina ha redoado la fuerza creadora con que tan brillantemente le capacitó la iversidad ilustre. Y a pesar de las diferencias entre aquel medio en donde transcurrieron los primeros años de su existencia, y este otro, de un país en los prolegómenos de su incipiente organización, formándose con dificultades, anheloso de incorporar todos los valores aprovechando ia fecunda experiencia de las antiguas civilizaciones, él entrevé magnificas posibilidades…

Ya se había encariñado con nuestro país. Lo mismo que muchos otros extranjeros que con tanto desinterés se convirtieron en factores indudables del progreso nacional, se radicó definitivamente aquí.

Le bastaron dos años de convivencia para que en su alma prendiese el más diáfano amor y la más decidida adhesión a la Argentina. Ya estaba identificado con ésta, que habría de ser su segunda patria; esta tierra que en el día venturoso del arribo y de las puras ilusiones, le esperó, generoso el corazón, abiertos los brazos, y que en la hora del postrer aliento, 9 de marzo de 1936, le recogió para siempre en su seno, entristecida el alma y trémulos de gratitud los labios…

Después de su paso por la St. Andrew’s Scotch School comienza la culminante labor, la que señaló su vigorosa personalidad: la de un gran benefactor que supo cumplir, acaso como ninguno, el hermoso precepto que respalda al título eminente de “Master of Arts”, con las austeras palabras del consejo ennoblecedor:

“Nunca necesitarás trabajar para vivir, pero sabrás honrar la vida trabajando”.

Puedes leer aquí: Buenos Aires English High School, la Escuela del Fútbol Argentino.

(Extracto del libro Alumni, Cuna de Campeones y Escuela de Hidalguia por Escobar Bavio).

Las bases donde se fundó el Alumni A.C.

Alumni A. C., el primer equipo “modelo” del fútbol autóctono argentino. La piedra fundacional de la Selección Argentina. El orgullo criollo.

(Readaptacion del Prólogo del Libro Alumni Cuna de Campeones y Escuela de Hidalguia, por Ernesto Escobar Bavio).

Uno de los mayores beneficios de trascendencia social que brinda el fútbol, es su contribución a la obra de extender el sentido de solidaridad y afianzarlo para, llegado el caso, apoyar más vastas empresas colectivas en el ámbito nacional.

El hecho parece especialmente indudable si quienes practican el deporte son aficionados. Puede haber, y a menudo hay, rivalidades más o menos agudas entre los vecinos de un pueblo o barrio. Lo corriente es, sin embargo, que la juventud y, por razones bien explicables, la adolescencia, se mantengan al margen de esas situaciones, y hasta que al actuar en el campo de juego hagan olvidarlas.

Quienes forman el equipo del pueblo, o del barrio, o de una entidad educativa o de cualquier otro género, no tienen generalmente otra filiación cívica que la que les confiere la comunidad de origen o la residencia en una misma área determinada, a cuyo progreso físico, lo propio que a su vida espiritual, están ligados de idéntico modo por un orgullo instintivo que, como tal y a fuerza de recóndito, escapa a todo razonamiento. Así, la ambición de los jugadores se aferra a la idea de exaltar el nombre de su país, su población o su distrito comunal, o de la entidad social que representan tácita o explícitamente.

El hecho es universal, sin duda porque, en proporción mayor o menor, universal es también el espiritu de clan sostenido por la unidad racial, la identidad de creencias en materia religiosa y la finalidad de las costumbres, para no citar sino algunas de las causas que actúan como elementos conglutinantes.

De esta suerte ocurre a cada paso, y en todas partes, que los padres olviden sus querellas y se reúnan en la cancha para alentar a “los muchachos”, ya que, a fin de cuentas, no se trata de defender allí individualismos o tendencias particulares, sino el prestigio de algo que le interesa por igual a la comunidad toda.

El fútbol tiene, pues, un poder cohesivo que no es exclusivamente suyo, por cierto, pero que en él se manifiesta con multiplicada fuerza en razón misma de la extensa popularidad que ha alcanzado. Ello explica que aun en núcleos de población pequeños, con muy precario desarrollo deportivo, el equipo local suscite en el correspondiente vecindario una adhesión que no podría producirse si el sentimiento lugareño sólo hubiera de aguzarse con reiteradas demostraciones de una alta calidad, punto menos que imposible de alcanzar en un medio de emulaciones muy limitadas. Y es que en este terreno la calidad está lejos de ser lo único que puede suscitar afectos y de unificar anhelos. Ningún padre deja de querer a su hijo por el hecho de verlo romo de inteligencia o carente de belleza.

En su etapa inicial Alumni no se encontró en condiciones de ejercer esa acción propia de los cuadros “locales”. No surgió, en efecto, como entidad representativa de un sector geográfico, grande o pequeño.

No encarnaba siquiera los entusiasmos de un barrio. Ciertamente, sus hombres procedían de los equipos de la English High School y habían ejercido, por lo tanto, una especie de diputación deportiva que supo mantenerse, lo que no era fácil a la altura del instituto fundado por Mr. Watson Hutton.

Puedes leer aquí: Alexander Watson Hutton, El padre del Fútbol Argentino.

Esto explicaba que a la cancha que la escuela poseía en Belgrano acudiese habitualmente una concurrencia que hacia el final del siglo XIX parecía muy numerosa. Mas cuando del panorama futbolístico de la ciudad desaparecieron aquellas siglas famosas E. H. S.y surgió el nuevo club, con los mismos colores y los mismos hombres, y hasta la misma tradición, algo se perdió, a pesar de todo, siquiera fuese transitormamente: aquel apoyo familiar, caldeado de afecto, que junto al campo de juego alentaba a los representantes de la vieja institución educativa, Porque al entrar gloriosamente la English High School en la historia del deporte argentino, la entidad a que dió plaza no tuvo ya como particular razón de ser la defensa de un nombre ilustre, sino algo más abstracto y con más restringida fuerza de atracción popular: el culto, en una cancha que ya no era la habitual, de la amistad nacida en el aula y prolongada fuera de ella para gloria de las esencias más puras que ese nobilisimo sentimiento debe resumir.

Pero tal situación duró poco. A falta de aquel nutrido concurso familiar que tuvo el predecesor, Alumni conquistó muy pronto otro que fué extendiéndose con firmeza domingo a domingo: el surgido de una creciente simpatía en todos los estratos del público aficionado. Si es cierto que en parte principal la debió a su equipo superior, injusto sería olvidar que en las divisiones 2º y 3º mantuvo también conjuntos dentro de los cuales ni un solo jugador desentonó nunca en la constante demostración conjunta de los atributos morales que definen al verdadero deportista. Empero, para la ciudad, para el país, el verdadero Alumni fué el cuadro de los hermanos Brown y los hermanos Moore, completado por caballeros cuyos nombres encontrará repetirse a lo largo de la vida del Club.

¿Qué fué lo que influyó decisivamente para que muchos de los conquistados por el fútbol a fines 1800 y en los comienzos de 1900, se hicieran hinchas alummnistas al cabo de un breve proceso cuya incoercible fuerza conquistadora no llegamos a notar siquiera?

Ciertamente, no fue la superioridad en la práctica del juego, porque, en ese caso, hubiéran sido simples exitistas tornadizos y nuestra adhesión no se atemperó , muy al contrario, ni aún ante los contrastes que registra la historia del club como final de una parábola brillante cual ninguna otra. No fué tampoco el hecho de tratarse de muchachos profundamente criollos, aun cuando algunos hablasen con cierto acento inglés, ni el tesón que todos ponían por igual en la desinteresada lucha que sostenían con placentero entusiasmo, porque ése era un rasgo común a todos los cuadros.

Pero en el complejo conjunto de causas, se destaco el patriotismo fervoroso con que aquellos aficionados actuaban y la caballerosidad por la nobleza de su origen, con que siempre trataron de sacar victoriosos los colores de su país, y la cordial gratitud que les permitió, modestos siempre en medio de su grandeza deportiva, sin duda porque nunca se dieran cuenta de ella, reconocer y pagar con áurea moneda de amistad genuina, el apoyo de un círculo de entusiastas invariablemente fiel en las buenas y en las malas jornadas, aquí y en el otro lado del Río de la Plata, que por entonces a eso se limitaba lo internacional y que se adelantó con su propio juicio al juicio seguro de la posteridad.

En una época de evolución, cuando los impulsos primarios eran muy explicables, porque el ambiente estimulaba los excesos pasionales en los campos deportivos y fuera de ellos, Alumni desarrolló una acción que por su propia virtualidad fué docente en alto grado.

Nunca se habia visto hasta el momento en las canchas de Argentina, una demostración de técnica futbolística tan brillante como la que se nos ofreció Alumni A. C.

Adidas Argentum 2021 – Superliga Argentina

Esta pelota Argentum es la que que utiliza la Superliga Argentina para el torneo de la AFA en la temporada 2021.

La Adidas Argentum 21 está inspirada en la esencia futbolera característica de la Argentina.

Posee un estética basada en los colores colores blancos, azul y naranja, donde se destacan entre sus graficos: copas, el escudo de la AFA, el sol de la bandera Argentina y hasta un tradicional “colectivo” porteño que simboliza, junto al resto de los íconos argentinos, la relación del fútbol con la cultura argentina.

Esta pelota Argentum 2021 parte del diseño básico que viene utilizando la marca Adidas desde la Copa del Mundo Rusia 2018, con un diseño de paneles que tienen forma de hashtags (#). Con un superficie texturada para mayor agarre y control, su construcción no posee costuras, debido a su acabado termosellado.

Puedes leer aquí: Qué es un Balón Cosido y un Balón Termosellado.

El Portero con más goles en la historia del fútbol

Rogerio Ceni, el legendario arquero del San Pablo de Brasil fue el máximo anotador en la historia del fútbol que ocupo ese puesto.

Nacido el 22 de enero de 1973 en Palo Branco, Paraná, Brasil inicio su carrera en 1990 con el Sinop logrando ser campeón matogrossense. Ese mismo año fue contratado por el San Pablo, club del cual nunca se iría. Llegó como suplente de 

Zetti (a su vez, fue suplente de Claudio Taffarel en la selección brasileña campeona del Mundial de Estados Unidos 1994).

Recién en  1997, logra quedarse con la titularidad y no sólo se consolidaría como figura y capitán, sino también como el portero más goleador de la historia.

Ceni bajo los entrenamientos de Roberto Cóndor Rojas, que era entrenador de arqueros comenzó a practicar lanzamientos de tiros libres y penales.

 “Recuerdo que siempre me insistía en que no me quedara solamente con atajar, que debía trabajar mucho mi juego con los pies” Recodaba Ceni de Rojas

“En esos años, todos hablaban de Chilavert, pero Rogerio no lo conocía. Muchos creían que él pateaba los tiros libres para imitarlo pero jamás fue así la historia. Me acuerdo cuando Muricy Ramalho, miembro del cuerpo técnico, le dejó ejecutar su primer remate. Su vigencia fue impresionante y uno no esperaba que fuera tan importante durante tantos años”, sostuvo Rojas.

Su primer gol llegó el  15 de febrero de 1997 ante el Uniao Sao Joao de tiro libre.

El 27 de marzo de 2011, logró concretar su gol número cien ante nada más y nada menos que el Corinthians, a los 8 minutos del segundo tiempo, de tiro libre. El 7 de septiembre de ese año llegó a jugó su partido número mil en el San Pablo, convirtiéndose en el jugador con más partidos con la misma camiseta en todo el mundo (1117 contra 1116 de su compatriota Pelè, en el Santos).

Se terminó retirando en diciembre de 2015 con un total de 132 goles convertidos, aunque en varias oportunidades anteriores había anunciado su retiro.

Como jugador, Rogerio Ceni ganó cinco campeonatos paulistas, cuatro brasileños, un torneo Río-San Pablo, un Matogrossense, tres Copas Libertadores, dos Intercontinentales, un Mundial de Clubes, una Copa Master (1996) y una Copa Sudamericana (2012).

Disputó 17 partidos en la selección brasileña, consiguiendo la Copa Confederaciones 1997 en Ryad y el Mundial 2002 (aunque no ingresó). También estuvo en el Mundial de Alemania 2006.y consiguió la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996.